Llueve. Como no podía ser de otro modo, la ciudad se ha puesto triste para nuestra despedida. No me había dado cuenta de ello, pero alguien muy especial me lo ha mencionado. Supongo que es mejor así, que si hubiera habido un sol abrasador, no habría pegado con el día. Estoy acabando de empaquetar los últimos libros, mis últimos recuerdos de toda una vida en esta casa, en esta ciudad. Es increíble la cantidad de cosas que acumulamos, la cantidad de restos de nuestras vivencias que vamos guardando en cajones y que sólo en momentos como éste son sacados a la luz. Apuntes, cartas, ticket de compra, publicidad, pegatinas, fotos entre hojas de un libro, un papel con futuros planes, un calendario con dias rodeados con la esperanza de que fueran especiales. Tantas cosas que se quedan atrás. Y espero volver, aunque eso nunca se sabe, a vivir en mi habitación, ese pequeño lugar, donde he estudiado, dormido, leído, reído y disfrutado tanto durante toda mi vida. Ese mundo paralelo, donde he sido tan feliz. Pero supongo que así es la vida, podría haber sido antes o después cuando tuviera que haber vivido este momento, pero ha sido hoy. Y lo que peor llevo es la gente que queda aquí, tan léjos de mi destino. Esa gente a la que quiero y a la que necesito y que sólo podría dejar atrás por luchar por mi futuro, por lo que, creo, he soñado toda mi vida. Pero como dicen los que bien me quieren, evocando a la famosa canción, y no les falta razón, no hay montaña lo suficientemente alta, no hay valle lo suficientemente bajo,no hay río lo suficientemente ancho, como para impedir que yo llegue a ti.